Sobre el Autor
«Creí con el alma, dudé sin permiso y terminé escribiendo lo que nadie quería decir en voz alta. No vine a salvarte. Solo a invitarte a pensar.»
No crecí en una casa de tradiciones religiosas fuertes. Pero tampoco crecí del todo ajeno a la idea de lo sagrado. A los nueve años, una invitación casual de nuestros vecinos, a un fin de semana para niños en una iglesia cristiana, encendió en mí algo que todavía no sé cómo nombrar, pero que sé que fue real. No entendí doctrinas ni memoricé versículos aquella vez, pero algo se me prendió por dentro: una especie de certeza infantil de que había algo más. Algo que valía la pena buscar. Con el tiempo, esa chispa se convirtió en camino. Pasé mi adolescencia en iglesias cristianas, movido más por una fe sincera que por entendimiento. Leía, oraba, cantaba, y creía que eso bastaba. Hasta que no bastó más.
Las preguntas empezaron a acumularse como piedras en el zapato y yo empece a tratar de sacarme esas piedras que no me dejaban avanzar.
Me llamaron rebelde, endemoniado, asesino de la fe. Pasé de ser un joven que suponía un pilar y modelo a seguir para los nuevos jovenes que se integraban a la iglesia, (tarea que me impusieron en silencio y solo la conoci en la denuncia) a ser un excluido por el pecado más grave que he cometido: pensar. Por justicia leí la Biblia una vez completa de tapa a tapa. Por pasión y por deseo de conocimiento, la leí seis veces más de igual manera. Siete veces en total. Y mientras más leía, más preguntas me hacía, más errores veía, más falsedad encontraba en esa supuesta fe que me enseñaban. Me ahogaba no lo soportaba. Y ahí surgió todo. Pero con los religiosos, hacer preguntas a veces es más grave que cometer un pecado. Fui expulsado de dos iglesias por cuestionar lo incuestionable, por no tragar entero, por no fingir que entendía lo que no se explicaba. Y, aun así, seguí. Porque con cada “no preguntes”, con cada “ten fe”, fui entendiendo que la fe que se tambalea con una duda no es fe: es dogma con miedo.
Este libro, Las Siete Obras de Satanás, no nació como proyecto ni como protesta. Nació porque no podía callarme más. No vengo a predicar, ni a convertir, ni a decirte en qué deberías creer. Lo que escribí aquí fue lo que necesitaba leer cuando empezaba a sospechar que algo no cerraba. Lo que nadie me dio cuando empecé a romper con las narrativas que me moldearon. No escribí esto desde el odio, sino desde la honestidad brutal. Desde el cansancio de ver cómo se usa a Dios como excusa para no pensar, para no sentir, para no vivir.
No soy un maestro, ni un guía, ni un iluminado. Soy alguien que amó la fe, la cuestionó y la desarmó pieza por pieza, hasta quedarse con lo único que aún le parecía sagrado: la libertad de conciencia. Por ello escribí con la cabeza caliente incontrolable, el corazón hecho trizas por tanto engaño y manipulacion pero con la esperanza —todavía viva— de que allá afuera alguien también esté buscando pensar sin culpa.
Donde nace la herejía (y por qué era hora de decirla)
No nací hereje. Me hicieron. A fuerza de ver, de no aceptar sin preguntar, de comparar lo que se predicaba con lo que realmente se vivía. La herejía no surge de la maldad, sino de la mirada incómoda que no puede seguir ignorando. Y sí, lo que vi incomodaba: una religión institucional convertida en producto de mercado. Con campañas, con branding celestial, con ídolos de turno que se disputan púlpitos como si fueran escenarios. Promesas de prosperidad con letra pequeña, miedos envueltos en papel dorado, y todo bajo la firma de un “Dios” que —si de verdad hablara— probablemente pediría que le bajaran el volumen a tantas cosas.
Observé cómo el amor al prójimo se gritaba más de lo que se practicaba. Cómo se bendecía más el diezmo que la empatía. Cómo el miedo se administraba como método de control. Y entendí la fórmula:
más miedo = más obediencia. Más obediencia = más poder. Más poder = más silencio del que piensa.
Pero esta maquinaria no se desmonta insultando. Tampoco con odio ni con escándalo. Se desmonta con lucidez. Con pensamiento crítico. Con historia, con datos, con memoria. Y sí, también con sarcasmo: el arma del que ya no se cree el cuento, pero aún conserva sentido del humor. Porque cuando se pierde la ironía, solo queda el fanatismo. Y en este juego, prefiero ser acusado de irreverente antes que de ciego útil.
Callar hubiese sido más fácil. Pero nunca más justo.
¿Quién soy yo?
Soy Omar Blanco. Un tipo común, sí, pero con un mal hábito: hacer preguntas que incomodan. Crecí creyendo lo que creían los demás, sin manual propio, con la fe prestada y el silencio heredado. Durante años seguí los caminos marcados, repitiendo verdades que no había examinado, porque así se hace, porque así lo hacen todos. Pero un día, algo en mí se rebeló. Empecé a leer, a estudiar, a mirar la historia con lupa —no con miedo—, y lo que encontré no siempre fue bonito. Ni justo. Ni menos divino.
No soy teólogo, pero he leído la Biblia más veces de las que muchos pastores han citado sin contexto. No soy historiador, pero me harté de que me cuenten la historia con cortes, censuras y moralejas prefabricadas por lo cual lei de ella y leo con avidez . No soy profeta, ni quiero serlo. Pero si logro que dudes de aquello que repites sin pensar, entonces ya hice más que muchos de los que se proclaman iluminados.
Lo que sí soy —sin título ni credencial— es alguien que no pudo seguir callando. Y que decidió escribir, no para dictar nuevas reglas, sino para rasgar los viejos velos.
¿Y tú, por qué estás aquí?
No sé qué te trajo hasta aqui. Tal vez fue la rabia. Tal vez una decepción. O quizás fue esa curiosidad que se enciende cuando algo que debería sonar a amor, libertad y verdad empieza a oler demasiado a miedo, a control. Sea cual sea el motivo, estás aquí. Y eso ya dice mucho más de ti que de mí.
Este libro no se escribió para sumar seguidores. Se escribió para encontrar miradas despiertas. Para provocar pensamientos incómodos, dudas legítimas, desacuerdos honestos. No busco creyentes, busco cómplices del pensamiento. Gente que no se conforme con lo que le dieron servido en bandeja de dogma. Gente que, aun con miedo, se atreve a rascar debajo del barniz de lo sagrado.
Y si tú eres uno de ellos, aunque no nos hayamos visto nunca, ya nos encontramos.
Y ahora que ya sabes quién escribe, tal vez estés listo para lo que viene.
Porque esto no es un libro piadoso. Ni un ensayo tibio.
Es un espejo con filo, una linterna encendida en los sótanos del dogma.
Aquí no vas a encontrar respuestas divinas, pero quizás sí las preguntas que te han prohibido hacer.
Te invito a leer Las Siete Obras de Satanás con el único requisito que incomoda a todas las religiones:
pensar por ti mismo.
¿Te atreves?
